Ay, dolor, que me ciegas, que no me consientes; me ves y ni me sabes. Ay, dolor, que a mí me inventas, que niegas que somos uno y, sin sernos, nos tenemos cerca. Oh, sabor y saber a dolor. ¿Quién está en nuestros silencios, interfiriendo? A mí me hablo por la noche. Me cuento cosas en el pasillo de la vieja casa. Veo mi niñez en las huellas descalzas, corriendo sin volver, y sé que voy, porque nunca regresé a esa casa de ayer. Hoy me visito a mí. Enchastrado de amor y de rodillos dulces de panadería que mi madre elaboraba con sus manos estrella, con azúcar. Con amor, claro está, como todo veneno bueno: un amor que abraza, una pócima libre que aprieta y asiste a mis ojos. No hay mucho que decir de verme amado. Soy yo tan yo, y así me amo. Vuelvo al pasillo de luces, donde luces de pie, junto al gatito gris que abrazo. No me dices mucho; no hace falta. Es por la tarde cuando entra la luz por la ventana y tiñe de música las paredes; es así que puedo escuchar lo que veo. Siempre fue, siemp...
No me tengo que vestir como "Usted". Puedo ser, pensar y sentir con los pies en la arena, mi vista se expandió, mis manos dejaron de tocar lo efímero, hoy siento la vida, no desde su aroma ni su dolor, tampoco desde su big bang euforia infinita, ni desde su elegante, asesina y brutal naturaleza definida desde el amor, menos desde ninguna clase de interpretación estoica, sólo creyendo que nada ni nadie me mira mientras duermo. Me veo yo, con eso basta. Acciono, me siento, y me percibo con mis ideas desde el día uno, desde el que me uno a la emoción de respirar, de contagiar verdades incómodas, perspectivas empalagadas de hechos y algún fenómeno electromagnético de conductividad "emocioelectrica" de la cuál dicen que estoy hecho, así como unos cuantos gramos de sustancias lícitas como alguna sal y corre que la vida se va.