Ay, dolor, que me ciegas, que no me consientes; me ves y ni me sabes.
Ay, dolor, que a mí me inventas, que niegas que somos uno y, sin sernos, nos tenemos cerca.
Oh, sabor y saber a dolor.
¿Quién está en nuestros silencios, interfiriendo?
A mí me hablo por la noche. Me cuento cosas en el pasillo de la vieja casa. Veo mi niñez en las huellas descalzas, corriendo sin volver, y sé que voy, porque nunca regresé a esa casa de ayer.
Hoy me visito a mí. Enchastrado de amor y de rodillos dulces de panadería que mi madre elaboraba con sus manos estrella, con azúcar. Con amor, claro está, como todo veneno bueno: un amor que abraza, una pócima libre que aprieta y asiste a mis ojos.
No hay mucho que decir de verme amado. Soy yo tan yo, y así me amo.
Vuelvo al pasillo de luces, donde luces de pie, junto al gatito gris que abrazo. No me dices mucho; no hace falta. Es por la tarde cuando entra la luz por la ventana y tiñe de música las paredes; es así que puedo escuchar lo que veo. Siempre fue, siempre es así.
Veo sombras y escucho notas; veo luces y escucho ritmos; veo color y escucho orquestas tecnicolor, diría el flaco ese, desafinado y adorable.
¿Dónde está el dolor? ¿Dónde se fue? ¿Existió? ¿Érase una vez?
¿Dónde estás? Quédate allá, no regreses más.
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