En el punto ciego de un libro, esa esquinita donde el ojo no llega, dicen que hay más que ver. Es como los dibujos que hacíamos en la escuela en el borde de las hojas del libro de texto, esas películas animadas. Un monito de palitos a lápiz caminando, brincando y luego estallando. Se terminó el libro. ¿Fue todo?. Todas las historias adentro, pero ¿nada más?. Música para camaleones de Truman Capote. Luego cualquier cosa de Charles Bukowski. Y una nota en el refrigerador: falta leche.
El dolor de saber sentir. Es en el amanecer cuando los silencios gritan con impaciente desesperación, gritan que los días no están contados, que contemos con un poco más de horas, que nos toquemos las manos una vez más... al menos, que no dejemos ir el aliento de ver otro amanecer sin remordimientos y que la vida no es bella por azar, la vida es una hermosa bestia salvaje, imponente que no ve por ti, por mí, o por algo, es más creo que la vida no ve ni por sí misma, porque simplemente existe, es, ha sido y será, como esos cuentos interminables de la "filosofía big bang" en donde todos nos extendemos sin culpa, sin objetivo, sin esfuerzo, simplemente nos hacemos tan grandes que un día estallamos; y quien sabe, tal vez algún día la maravilla de la nostalgia de mi imaginación se apodere de esas partículas para volver a crear lo que ya no es. Y no tiene sentido, pero siempre es muy lindo recordar.
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