Ay, dolor, que me ciegas, que no me consientes; me ves y ni me sabes. Ay, dolor, que a mí me inventas, que niegas que somos uno y, sin sernos, nos tenemos cerca. Oh, sabor y saber a dolor. ¿Quién está en nuestros silencios, interfiriendo? A mí me hablo por la noche. Me cuento cosas en el pasillo de la vieja casa. Veo mi niñez en las huellas descalzas, corriendo sin volver, y sé que voy, porque nunca regresé a esa casa de ayer. Hoy me visito a mí. Enchastrado de amor y de rodillos dulces de panadería que mi madre elaboraba con sus manos estrella, con azúcar. Con amor, claro está, como todo veneno bueno: un amor que abraza, una pócima libre que aprieta y asiste a mis ojos. No hay mucho que decir de verme amado. Soy yo tan yo, y así me amo. Vuelvo al pasillo de luces, donde luces de pie, junto al gatito gris que abrazo. No me dices mucho; no hace falta. Es por la tarde cuando entra la luz por la ventana y tiñe de música las paredes; es así que puedo escuchar lo que veo. Siempre fue, siemp...